¡No te metas con el pueblo de Israel!
Una broma imprudente, una botella rota y una lección personal envuelta en superstición doméstica.

Es fácil ser imprudente cuando jamás te llega tu merecido. Hoy, yo ya aprendí mi lección: no debo meterme con el pueblo judío.
La frase suena solemne, pero la historia empieza de la manera menos solemne posible: con una broma tonta.
Dos botellas
Quería dibujarle una esvástica a una botella y una estrella de David a otra. No era un manifiesto, ni una teoría histórica, ni una escena digna de análisis profundo. Era una broma de pésimo gusto, de esas que uno recuerda luego con una mezcla de risa nerviosa y arrepentimiento.
El resultado fue inmediato: la botella con la estrella de David estalló en mil pedazos.
No exagero para darle épica al relato. Simplemente ocurrió, y cuando algo así ocurre, el cerebro abandona por un momento la razón y empieza a buscar señales.
El arroz que escucha
Después pensé en aquel experimento popular atribuido a Masaru Emoto, donde se colocan palabras positivas y negativas sobre recipientes con arroz para observar supuestos cambios distintos con el tiempo.
No estoy aquí para defenderlo como ciencia. Más bien me interesa como mito moderno: la idea de que las palabras, los símbolos y la intención dejan alguna marca en lo material.
La lección
Tal vez la botella se rompió por presión, temperatura o mala suerte. Tal vez no hubo ninguna advertencia cósmica. Pero admito que el momento fue demasiado perfecto.
Así que aprendí algo sencillo: hay bromas que no merecen el riesgo, símbolos que no conviene tratar como juguetes y coincidencias que, aunque no prueben nada, sí pueden educar bastante.