Kumamon-Mania
Una voz me acompaña desde hace mucho: un oso de chapas rojas que vigila desde el fondo de pantalla.

Una voz me acompaña desde hace mucho. Tiene forma de oso negro, mejillas rojas y una presencia que, dependiendo del día, puede parecer adorable o ligeramente inquietante.
Hablo de Kumamon.
El sueño
Una noche soñé que Kumamon era un ente maligno. No un simple muñeco ni una mascota simpática de prefectura japonesa, sino una presencia oscura que me atormentaba con esa sonrisa fija de personaje que sabe demasiado.
Desperté confundido. En la práctica, Kumamon y yo somos amigos. O al menos yo lo veo como un amigo, que ya es bastante para una relación unilateral con una mascota oficial.
¿Cómo llegué aquí?
La pregunta real no era por qué soñé eso, sino cómo terminé siendo un fanático tan específico. ¿En qué momento Kumamon pasó de ser una imagen curiosa a aparecer en todas partes, incluso como fondo de pantalla?
La respuesta quizá está en la repetición.
Repetición y cariño
La mercadotecnia entiende algo simple: lo familiar se vuelve amable. Lo que aparece una y otra vez empieza a ocupar un espacio emocional, aunque al principio no le hayamos dado permiso.
Pasa con canciones, con marcas, con personas del mismo círculo de trabajo y con personajes que uno ve sin buscar demasiado.
Tal vez Kumamon no me conquistó de golpe. Tal vez solo estuvo ahí el tiempo suficiente para que mi cerebro dijera: bueno, supongo que este oso ya es parte de la familia.