18 de agosto de 20265 min

Tengo un hijo perdido en Tlalpan

El día que fui a un cerro con cincuenta pesos y dejé algo más que mi dignidad.

Mi hijo perdido

Sé que algún día en el futuro conoceré a un joven, mirará mi rostro y me preguntará si es que lo conozco de algún sitio. Su rostro me resultará familiar; quizá en ese momento conozca a mi hijo perdido.

Sé que algún día en el futuro podría tener esa posible conversación, un posible encuentro que me haga mirar a mi pasado para hacer constancia de mi crimen más furtivo.

Una inocente mujer, quien desampare a su suerte, espera a expensas reclamar mi sangre a toda costa, por aquella barbarie que cometí aquel lejano día.

Será más pronto que tarde el día en que tenga el encuentro: un joven, siendo yo ya un mayor de edad, quien mirará mi rostro, y en un contacto frío decidirá tocar mi hombro para preguntarme si es que acaso entre nosotros existe una clase de parentesco, pues a su ver su rostro le resulta demasiado familiar.

Sabré en ese instante que finalmente he tenido el contacto. Será quien diga esas palabras, quien resulte la carne de mi carne, quien engendré en un viaje a Tlalpan.

Todo me conduce a mis solitarios días, mientras jugaba juegos de Roblox y conocía maníacos, día tras otro. Un día creí conocer a una linda chica, o eso quería pensar.

Parecía ser que mi suerte por fin estaba tornando hacia una dirección menos oscura.

Su cálida forma de escribir mensajes me daba la confianza de no estar equivocado. Sin duda no podía ser un hombre quien escribiese esos mensajes, y para mi suerte ambos vivíamos cerca de la ciudad.

Nos volvimos un poco cercanos y estábamos a días de que fuese su cumpleaños, así que durante varios días estuve tratando de convencerla de hacer una videollamada, si es que quería que fuese a su fiesta de cumpleaños.

Para mi sorpresa, y después de docenas de intentos, ella accedió, pero fue con una condición: estaba obligado a ir a la fiesta. Me lo tomé a la ligera y accedí. Fue a pocos segundos de la llamada cuando mi calma se convirtió en angustia y, pese al silencio de la llamada, lo único que podía escuchar era mi corazón latiendo a mil por hora.

Sería modesto decir que aquella persona siquiera tenía algún rasgo de mujer. Su mandíbula era la cosa más robusta que haya visto, y su voz era tan rasposa como si desayunase tornillos.

Para rematar la tortura, al último instante de la llamada, tira la bomba y me envía su ubicación. El mismísimo infierno; jamás había visto un lugar así. Tenía que recorrer toda la ciudad desde el norte hasta el sur para ir a su jodida fiesta.

El daño ya estaba hecho. Soy conocido por muchas cosas, pero no estaba en mis planes ser conocido por no mantener mi palabra. Mantuve mi compostura con un par de monedas en el bolsillo y decidí aventurarme hasta el extremo de la ciudad.

Fui hasta un puto cerro con cincuenta pesos. Para subir hasta arriba, una combi me dejaba hasta cuatro calles de su casa, así que fue lo de menos. El problema era que ya me había gastado todo el dinero que tenía, y si quería regresar debía pedirles dinero para el regreso.

Tras meterme en estrechos pasillos, finalmente llegué al lugar. Parecía una reunión de alcohólicos anónimos. Se supone que todos debían tener mi edad, no lo parecía.

En la fiesta fue cuando conocí a su madre, una mujer conservada. También conocí a sus hermanos, cada uno más feo que el anterior: uno parecía chino, uno era especialmente negro, y había un pequeño, quizá de meses de nacido.

Por lo visto también tenía una hermana, pero ella había ido por el pastel, mientras tanto intenté convivir. Traté de ser amable ante todo e incluso contar un par de chistes para olvidar el lugar al que me había metido.

El susto se me terminó olvidando justo al ver la llegada del pastel. Habían pedido un pastel gigante personalizado por el juego de Roblox; estaba muy detallado. Para mayor sorpresa mía, tengo mi primera reacción de su hermana: una chica linda por sorpresa, o así la recuerdo.

Tez clara, ojos color almendra con tintes verdosos, y un castaño oscuro. De todos los hijos era la que más aspecto tenía de su madre, a buena manera.

Ella me miró, yo la miré; fingió que estaba mirando otra cosa. Llámame loco, pero esto es un fenómeno bastante común. Suelo llamarlo serie de miradas disimuladas consecutivas. A veces resultan en coincidencia; otras veces algo bueno puede resultar de estas. Hoy fue el día.

No sé cómo escalaron las cosas. Creo que me preguntó algo sobre mi suéter, luego seguíamos hablando y sacó una regla de la nada.

Medidas y brotes de confianza hicieron salir algo de mí que no suele estar demasiado al aire libre. No me molestaré en escribir esta parte, no escribo erotismo. Pero fue más pronto que tarde que me di cuenta de que no estaba haciendo lo correcto con mi vida.

Algunos especialistas le llaman claridad post-orgásmica; este nombre ya de por sí es demasiado ilustrativo, aquella angustia que sentí al llegar al lugar había vuelto.

Lo único que ha hecho calmarme fue su palabra. Me dijo que estaba en su periodo; jamás me he molestado demasiado en entender cómo funciona eso, pero es mejor que nada.

Hoy quizá he tocado las alarmas para una posible emboscada, una posible trampa de mis futuros enemigos, aunque no hay necesidad de desconfiar de la palabra de alguien.

Pero sabiendo toda mi historia, habrá quienes lo usen a su ventaja, y llegado un día alguien se acerque delante y afirme ser algo más que un conocido. Las pruebas de paternidad hoy son más accesibles que nunca, así que no podría nadie tomarme por tonto.

A menos que quien lo haga me haya mentido en un primer lugar...


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